martes, 14 de octubre de 2014





Maestra escribe carta póstuma al joven que se suicidó

A un mes de la muerte de Sergio Urrego, su profesora de primaria le escribe.


El caso de Sergio Urrego, un estudiante de undécimo grado del Gimnasio Castillo que, al parecer, se suicidó por la discriminación a la que fue sometido debido a su condición sexual, despertó indignación en el país.
Cuando se cumple un mes de los hechos, y el caso ha llegado al Congreso y al Ministerio de Educación, la maestra de primaria del joven le escribe un sentido mensaje en el que aparece un Sergio inteligente, leal, crítico y víctima de la intolerancia. (Lea también: Amiga habla del sufrimiento de Sergio Urrego, el joven que se suicidó)
El alumno más brillante
Por Olga Milena Jankovich*
Conocí a Sergio en su infancia. Durante los años que estuvo en mi colegio fue un estudiante brillante, gran compañero y amigo.
Por su desempeño siempre destacable, se le otorgó una beca a la excelencia, y durante los seis años siguientes mantuvimos comunicación a través de Facebook.
Él me comentaba de sus logros y manifestábamos admiración mutua por ideas, sobre todo, porque él era un defensor acérrimo de los derechos humanos, feminista, pensador crítico y, aunque yo no me identifique con la corriente anarquista, nuestros pensamientos siempre fueron similares en cuanto a querer un mundo incluyente y en paz. De eso hablábamos en ocasiones, y hasta nos permitíamos discrepar. (Lea también: Cómo puede un padre proteger a su hijo si sufre de matoneo por ser gay).
Más que quererlo, lo admiraba y me sentía profundamente orgullosa de haber sido su maestra, sabía que llegaría lejos.
El 20 de junio de este año recurrió a mí buscando orientación para interponer una queja contra el colegio donde estudiaba, ya que iban a impedirle el ingreso por demostraciones afectivas que consideraban inmorales por ser de carácter homosexual. (Lea también: 'Colegio de joven que se suicidó habría violado Ley de Convivencia').
Lo llamé, hablamos del tema, le dije que no conocía mucho cómo funcionaban los entes reguladores y de control departamentales, pero lo animé a continuar y lo enfoqué en que lo que hiciera debía servir para que modificaran el acuerdo de convivencia, ya que era inconstitucional.
Seguimos hablando continuamente sobre el tema, le pedí el radicado del derecho de petición que había extendido al colegio para resolver su caso, y me sorprendió saber que no contestaron dentro de los términos, porque sé que es deber de cualquier institución educativa dar respuesta a las solicitudes en un término no mayor a 15 días hábiles.
En julio, Sergio recurre a mí de nuevo, esta vez pidiéndome que le ayude a conseguir un cupo en un colegio de Engativá para terminar su bachillerato, ya que es lo “único” que quiere. Yo le digo que la única opción posible era volver con nosotros, es decir, volver al Liceo Normandía. Su respuesta fue “sería bastante bueno”.
Le pregunto por sus calificaciones y me dice que son buenas, como siempre, y empiezo a gestionar su ingreso, ya que otorgar un cupo a estas alturas y para grado once no es nada fácil. Sin embargo, teniendo en cuenta la calidad de ser humano que era él, decidimos ayudarle.
Para mí, era grandioso tener a un estudiante como Sergio en mi colegio.
Los padres lo matricularon y le compraron los uniformes, y el viernes anterior a su muerte vino a saludarme a mi oficina. Desafortunadamente yo no estaba (cuánto lo lamento), pero me dejó un postre, saludó a los profesores y manifestó que con ellos había pasado los mejores años de su vida.
Al lunes siguiente no había clase, ya que los colegios acostumbramos dar un día libre “post-icfes”. Sin embargo, esa noche hablé con su mamá sobre el tema de la ruta escolar y le advertí que por ser su primer día él tendría que llegar por su cuenta, aunque en la tarde nuestro transporte lo regresaría.
Alba, la madre, y yo estábamos muy preocupadas por él. Ella me lo recomendó y yo le prometí estar muy pendiente. Es más, había decidido ir temprano a su salón a verlo y a abrazarlo. Ese sinsabor de no haber hecho más lo cargaré por siempre.
Estoy segura de que el detonante de su suicidio fue el tema del colegio. Él quería vivir, pero la impotencia fue mucha. Su muerte y la forma cómo la ocasionó fue en protesta a lo que sucedía.
Como maestra debo decir que este caso es un ejemplo claro de la deshumanización del sistema educativo. Somos muy pocos maestros para quienes el sentido de la educación responde a una labor de transformación, más que al cumplimiento de unos resultados.
*Directora del Liceo Normandía, donde Sergio Urrego cursó con honores la primaria.

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